miércoles, 23 de mayo de 2018

Palabras al azar




Palabras al azar (en el texto deben aparecer las palabras colorado, sexo, matar, burbuja, estación, aquella, encima)

EL TREN DE LAS 8:05 A MÁLAGA, por Claire Tarbet

Lo había conseguido. Elena estaba de pie en el vestíbulo de la estación de tren de Atocha. Era hora punta. Sintiéndose como una burbuja que estallaría en cualquier momento, evitó a los viajeros que corrían en todas direcciones. Aquella familiar sensación de pánico comenzó a crecer en ella otra vez. Ella se preguntó: "¿Y ahora qué?". Levantó la vista hacia la pantalla electrónica y verificó la información con su billete. Tiró del mango de su pequeña maleta roja, haciendo una mueca de dolor al notar la molestia en su brazo derecho. Recordando por qué se encontraba en la estación, se dirigió hacia el andén 3.

De repente, sintió cómo su corazón se paraba. El hombre que subía por la escalera mecánica era como Felipe. "No puede ser él, está trabajando ahora" susurró, tratando de convencerse a sí misma. El recuerdo del día en que él había intentado matarla pasó por su mente. Había sido como un domingo cualquiera. Habían salido a tomar unas cañas al mediodía con unos amigos. Se habían ido a dormir la siesta y él había querido tener sexo, pero ella no estaba de humor. Nunca sabría qué había desencadenado aquel ataque violento, pero sabía que no se quedaría con él mucho más tiempo. Ella sacudió la cabeza para aclarar sus pensamientos y echó un vistazo a su reloj. El tren estaba a punto de salir.

Ya estaba esperando en el andén. Elena encontró el vagón, se subió y se dirigió a su asiento. "7A", murmuró mientras colocaba su maleta en el portaequipajes. Vio a una mujer mayor, con la cara colorada de cargar tanto peso. Iba acompañada de un niño pequeño, que supuso que sería su nieto. Elena fue a ayudarla a colocar sus bolsas de viaje. "¿Vas a la playa, como nosotros?", preguntó la mujer. Elena no dijo nada, dejó escapar un suspiro de alivio, asintió y sonrió justo cuando el tren salía de la estación.



Aquella burbuja colorada posada encima de la estación, sin sexo definido, parecía estar preparada para matar, por Encarna Bas.

No llevaba las gafas de sol puestas y al mirar hacia arriba el sol me cegaba. A mi alrededor se arremolinaba la gente pendiente de aquel ser  o de aquel objeto que nadie sabía definir.
Unos aseguraban que era un ave inmensa, procedente de lejanas tierras; otros que era un ovni y que pronto empezarían a bajar hombrecillos verdes que nos invadirían y otros con aspecto sesudo veían claramente que no era ni una cosa ni la otra.

Yo que había llegado a la explanada del parking con cierta prisa, no era capaz de moverme de allí. Los únicos que estaban tranquilos eran los perros, ni un ladrido, ni un gruñido ¡qué raro! ¡Son siempre los primeros en detectar cualquier anomalía!

Al cabo de una hora, llegó la policía, aunque vinieron con las sirenas a todo meter, “aquello” no se movió un centímetro. Al poco rato, llegó la prensa, focos, cámaras, micrófonos se esparcieron por la explanada y mil conjeturas pintorescas se transmitieron por las ondas.
También aparecieron los bomberos. Un par de ellos revestidos con trajes especiales de protección por aquello de las radiaciones, guantes y cascos, subieron con ayuda de las escalas hasta el tejado. No sabíamos si por efecto de algún gas tóxico se les había producido un ataque de hilaridad que por poco les hizo dar con sus huesos en el suelo.
Pero ¿Qué pasaba?

Una vez en tierra y sin parar de reír, los bomberos nos enseñaron el dron de Rafita, que se había quedado enganchado en la antena del pararrayos.

PALABRAS, por Marisa Bono
-       Encima
-       Encima, aquella.
-       Encima, aquella, estación.
-       Encina, aquella, estación, burbuja.
-       Encima, aquella, estación, burbuja, matar.
-       Encima, aquella, estación, burbuja, matar, sexo.
-       Encima, aquella, estación, burbuja, matar, sexo, colorado.
-       Colorado, sexo, matar, burbuja, estación, aquella, encima.
Palabras, palabras, palabras. Palabra hablada, palabra gesticulada, palabra escrita, invento superfluo que nos diferencia del resto de animales. Palabras, palabras, palabras: germen de toda historia.
·         “Sexo colorado” mata encima de la burbuja de la estación Aquella.
Sucesos: La pasada noche, en las cercanías de la estación de Aquella, en la parada de “Aquel”, se halló el cuerpo sin vida de un hombre, hasta el momento sin identificar. Lo inquietante del hallazgo reside en el lugar donde fue encontrado el cuerpo, ya que, según fuentes policiales, la posibilidad de que una, varias o multitud de personas, animales o máquinas, depositaran el cadáver en el lugar donde fue encontrado, encima de la burbuja de la estación de ferrocarril, es prácticamente imposible.

Se solicita la colaboración ciudadana para la identificación del cuerpo, que, como ya hemos informado, pertenece a un hombre de mediana edad, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni rubio ni moreno ni pelirrojo ni calvo, ojos castaños y sin ninguna marca corporal propia o significativa para la identificación positiva.

Según fuentes no oficiales, el crimen podría atribuírsele al despiadado asesino en serie apodado “Sexo colorado”. De ser así, convertiría a este individuo en su víctima número 452.
Cualquier pista sobre su paradero deberá comunicarse a la policía en el teléfono 99954321976044.
Seguiremos informando.

·         Aquella estación mató a la burbuja colorada encima del sexo.
¡Oh, estación dañina!
¡Oh estación traicionera!
¿Por qué mataste a mi burbuja
mientras se comía una trufa?
si no hacía más que engordar,
no produciendo ningún mal,
si no te hacía ningún daño
y en aquel mismo año
se iba a poner bien colorada
para quedarse pronto parada
recibiendo en ese contexto
al maniático del sexo…
Ya nunca podrá ser
todo lo que hubiera podido acontecer.

·         La colorada encima burbuja matará la estación del sexo
Aviso a la población: según fuentes del servicio meteorológico, la previsión para este año es que la burbuja colorada, con la encima revitalizada, haga su aparición en las próximas semanas, por lo tanto, la estación del sexo se verá drásticamente reducida por lo menos a la mitad. Se advierte a la población que tomen las medidas oportunas de reclusión y aprovisionamiento para que la plaga cause el menor daño posible, y la próxima estación no deba ser abolida.



EL CARNAVAL  MÁS CARNAL, por Olga Gallego
Por cuarto año consecutivo asistía a la fiesta de carnaval de mi amiga Mercedes. Mi disfraz, hecho con plástico de burbujas, de ese que se utiliza para proteger los objetos frágiles en los portes y mudanzas, acabó encima de la máquina de vending de aquella estación de cercanías. Por el suelo alguna cucaracha muerta, pañuelos de papel usados y algún que otro condón abandonado a su suerte después de que su dueño disfrutara, gracias a él, de un polvo rápido y satisfactorio.

Sentado en una esquina del banco de la sala de espera, un tipo mata el tiempo leyendo un ejemplar de National Geografic con el Cañón del Colorado en la portada. Al lado tiene otro del Playboy con una exuberante rubia de enormes tetas al aire y minitanga que posa seductora con el culo en pompa hacia un lado, pasándose la lengua por los labios, casi tan enormes como las tetas, en un gesto que parece decir: me muero por follar contigo. Pero a quién le puede apetecer tener sexo con ella, si parece una muñeca hinchable! Ahora que lo pienso, ese también podría ser un motivo.

Me levanto para estirar las piernas, el tío del banco me ha echado el ojo y no me apetece que se me acerque. Algunos tipos se creen que por ser hombres ellos y tú mujer pueden decirte todas las barbaridades que se les ocurra, eso si además de decirlas no pasan a la acción, que también los hay.

Camino por el andén despacio, sin prisas, todavía faltan cuarenta minutos para que pase el primer tren hacia mi casa. Mientras avanzo, el recuerdo de la noche anterior se traduce en una sonrisa que asoma a mi boca.

En esta ocasión, yo iba de "objeto delicado", envuelta en mi burbuja y él mi "mozo de mudanzas". Fui con pocas esperanzas de encontrármelo porque el año anterior había faltado, pero al final pudo más la intriga y las ganas de verle que la pereza y el aburrimiento por ir sola. Hasta última hora no me decidí. Mercedes estuvo durante todo el día enviándome WhatsApp; no paró hasta que le dije que iría. Como acabo de mudarme de piso, todavía tengo la ropa embalada, la que uso a diario no, pero para un disfraz me faltaba atrezo. Me di una ducha y, cuando ya estaba a punto de abandonar y pensaba ir sin disfraz lo vi claro: plástico de burbujas y cajas por toda la casa... Cogí un rollo y me hice un vestido que me puse sobre unas mallas negras y camiseta de tirantes, un buen antifaz hizo el resto. Así, disfrazada de "algo embalado", me presenté en la fiesta de carnaval que mi amiga Mercedes daba en su casa, una mansión de 400 metros heredada de su abuela y ubicada en la zona de Metropolitano en Madrid. Música en directo, photocall, bebida y comida hacen de ella la mayor atracción para las noches calurosas de verano en Madrid. Verano, sí, Mercedes es así, celebra el carnaval cuando le viene en gana, ella siempre dice que hay que disfrutarlo cuando hace calor, no cuando el frío te impide lucir tu disfraz. 

Llegué y durante un rato estuve paseando sin rumbo por el jardín y el interior, buscándole bajo cada antifaz, reconociéndole en cada mirada furtiva. No lo vi hasta pasada la medianoche, un mozo de almacén con su peto azul sin camiseta... muy sugerente. En cuanto nos reconocimos nos vino el deseo, besos húmedos y respiraciones compartidas escondidos de las miradas del resto de invitados.  Acabamos en un hotel, como cada año. Mis amigas me dicen que lo nuestro es una historia que merece ser contada. Él, casado y con hijos; yo, soltera y sin compromiso, y cada año nos vemos en la misma fiesta. No quedamos previamente ni mantenemos contacto el resto del año, pese a que ambos tenemos nuestros números de teléfono. Nos une la celebración de una fiesta pagana, el carnaval. Muy apropiado el nombre en nuestro caso, porque lo nuestro es atracción y deseo carnal al cien por cien.

Todavía recuerdo la primera vez, ese verano el calor era insoportable y mi disfraz de monja no ayudaba. La toga, el cuello hasta arriba, ¡qué calor! Menos mal que tenía abanico y que Mercedes habÍa puesto dispersores de agua por todo el jardín, de esos echan una nube de agua pulverizada que refresca el aire.
Allí estaba yo, respirando aire fresquito con mi toga en la mano cuando lo vi: ay, madre, ¡vaya “peazo” de obispo! No es que fuera especialmente guapo; moreno, ni alto ni bajo, delgado, serio pero con una alegría especial en la mirada. El traje de obispo le favorecía, le daba un punto seductor tipo Richard Chamberlain en el Pájaro Espino.
Al verme sonrió y se acercó.
- Ave María purísima
- Con gran pecado concebida - fue mi respuesta.
Soltó una gran carcajada.
- ¿Ha venido sola, hermana?
- Sí, monseñor. En estas fiestas paganas hay muchas jovencitas que necesitan ayuda para no sucumbir a los pecados de la carne
- Se incluye usted en ese lote, porque yo podría ayudarla...

Una cosa llevó a la otra y acabamos en una de las habitaciones dando rienda suelta a nuestros deseos carnales. El sexo con un desconocido tiene un encanto especial, sobre todo porque no tienes que aguantarle al día siguiente, ni al otro, ni al otro...

Nos gustó a ambos, y pese a que intercambiamos los móviles nunca nos pusimos en contacto, pero al año siguiente repetimos. Desde entonces, cuando se aproxima la fecha me llega el recuerdo, quiero pensar que nos llega a ambos. Tiene su morbo tener un amante así. Fantaseas con el recuerdo y con la idea de verle cuando se aproxima la fecha, pero la otra alternativa, no verle, también es posible y es la mezcla de ambas sensaciones lo que nos hace asistir casa año a nuestra cita en carnaval.

Con esta imagen en mi memoria me subí al tren. En poco más de una hora estaré en casa, aprovecharé para dormir un rato, si me deja la mente, que ahora mismo la tengo en estado de ebullición. La noche ha sido larga y ajetreada y me merezco un reposo.

viernes, 9 de febrero de 2018

La regla



Fuerte y poderosa, por Marisa Bono
Aquel día, Lola se levantó relativamente temprano; se desperezó despacio y con fuerza y comprobó que sólo tenía molestias en los brazos y un poco en el costado izquierdo. ¡Uhmmmm! Hacía meses que no se encontraba tan bien…

Sentada en la cama, saboreó por un instante ese inusual estado de bienestar que ella suponía en otras personas recién levantadas.

Fue a la cocina, sin pasar por el salón, y decidió hacerse un desayuno continental “con de todo”, ¡qué más daba media hora más que menos! Hoy era el día; no tenía ninguna prisa. Hoy era su día. Se sentó frente al ventanal de la cocina, mirando a la calle, en el rincón más soleado, y, mientras degustaba el espléndido desayuno, su cabeza comenzó a divagar acerca de las circunstancias que la habían llevado hasta ese preciso momento. Y, así, de pronto, se le vino a la memoria aquello que escuchaba decir a su madre: ¡Ay, hija mía, esto no te traerá más que problemas! Como si ese hubiera sido el punto de partida y, a raíz de ese momento, hubiera comenzado todo.

Se recuerda a sí misma con doce años recién cumplidos, sin tener ni idea de lo que realmente le estaba sucediendo, en una época en la que la norma era ir a hechos consumados con la menor cantidad de información posible, aterrorizada por el rojo intenso de su sangre, y dentro de su vena melodramática, sin ningún síntoma evidente de que fuera a morir inmediatamente…

Una vez pasado el primer susto, le pareció que comenzaba a sentirse invadida por una especie de orgullo, como si acabara de entrar en el club privado más elitista que existiera, por qué ella “sí” y su amiga Eleni, todavía “no”… Los cuchicheos con sus amigas y compañeras de clase, las risitas, las bromas, los comentarios a media voz…  Tanta ingenuidad la hace sonreír. No, mamá, en este asunto no tenías razón: la regla no fue la causante, el motivo fue otro.
Y en un par de años, o tal vez menos, la transformación se completó, y dentro de un cuerpo pleno, lleno de hormonas había una cabecita llena de confusión, juguetes y cuentos… Cuentos, cuentos y más cuentos.
El príncipe azul, el primer amor, el primer beso, el deseo… ¡Lo que me quiere Jaime!
La primera prohibición, la primera voz, el primer empujón, el primer enfado, la primera reconciliación… ¡Lo que me quiere Jaime!

El primer embarazo, la boda precipitada, el primer moratón, la primera visita al hospital, el primer aborto, el miedo… ¡Lo que me quiere Jaime!

El miedo, el silencio, la vergüenza, la culpa, la denuncia… ¿Me quiere realmente Jaime?

Una lágrima se le escapó sin querer… Cerró los ojos con fuerza y se la limpió casi dándose un manotazo de la furia que sentía. “Venga, venga, venga”, basta ya de tonterías. Hay que ponerse en funcionamiento. Se acabó el desayuno, hay que dejarlo todo bien recogido y a la ducha rapidito.

Eligió con esmero la ropa, esa que sabía le sentaba tan bien, e incluso hoy se pintaría. Le apetecía mucho dedicarle un rato a esa labor que siempre la había tranquilizado.

Se miró por última vez en el espejo, su aspecto general, su cara, sus ojos, tan cansados de mirar cara a cara el infierno y que ahora ya solo podían reflejarlo, y, aun así, se sintió fuerte. Fuerte y poderosa. Ahora sí que podría ir al salón, sentarse en el sofá al lado del teléfono y de Jaime y llamar a la policía.


La gran carrera, por Olga Gallego                                                                                         

Somos muchos los que estamos aquí esperando a que llegue nuestro momento. Siempre esperando y sin nada que hacer. Las horas se hacen eternas. Hablas con unos y otros y escuchas las historias que cuentan los mayores, la mayoría inventadas porque ninguno de nosotros ha conocido otra vida que esta. Estamos todos juntos en la misma sala, una habitación de forma elíptica oscura, húmeda y caliente. El espacio es tan reducido que nos tocamos unos con otros, dándonos cobijo y ánimo pero también transmitiéndonos el miedo y la duda. He escuchado las historias y dicen que cada mes eligen a uno, le inyectan drogas que le hacen variar su tamaño, forma, textura y aroma y lo expulsan al exterior. Lo dejan solo ahí fuera esperando la llegada del "ganador", eso si tiene la suerte de que en este día se celebre una carrera.

Hoy me ha tocado a mí.  Estoy aterrado porque no sé qué puede pasarme, pero también contento y expectante por haber sido elegido. Me acomodo en mi nuevo espacio mientras ellos preparan el gran salón para la fiesta de bienvenida. Espumillones, luces, flores, borlas, telas, comida y bebida abundante y grandes almohadones colocados sobre el suelo y las paredes para que resulte más confortable. Todo preparado para que, si viene el ganador y me encuentra, tengamos un lugar donde poder empezar una nueva vida. 

Han pasado varios días y no ha venido nadie. La comida empieza a estropearse y los adornos que antes se veían tan bonitos ahora están ajados y rotos. Tengo frío, me siento débil y, aunque estoy echado sobre los mismos almohadones, ya no me parecen tan confortables como antes. Estoy seguro de que no ha habido carrera y, por tanto, no hay ganador que vaya a venir. Los adornos, la comida, todo se ha echado a perder y habrá que tirarlo, a mí también. Lamento que así sea, porque no quiero morir, pero me alegro de haber pasado por esto. 

Los del servicio de limpieza han empezado su trabajo. Con grandes mangueras mojan las paredes y los suelos del gran salón dejando todo limpio y blanco a su paso. Emplearán varios días en esta ardua tarea, día y noche, sin descanso, hasta que todo vuelva a estar como antes. Ya vienen a por mí; me relajo y me dejo arrastrar por el gran salón hasta la salida. Adiós a mis sueños de una vida nueva. No ha podido ser; sólo espero que alguno de mis compañeros lo logre en el siguiente ciclo.

A los quince días de la limpieza, aproximadamente,  vuelven a elegir a otro óvulo de la sala. Me gustaría haber podido explicarle que no debe tener miedo, y que no sufra si no hay carrera. Su misión también es muy importante, casi más, porque gracias a él preparan el gran salón para el recibimiento. Llegará el día en que el óvulo elegido y el espermatozoide ganador se junten, produciéndose, así, el nacimiento de un nuevo ser.  Yo ya no estaré allí, pero me voy feliz porque sé que habré contribuido a que ese milagro sea posible.


La regla, por Claire Tarbet

El otro día, el cartero trajo un pequeño paquete. Era para mi hija. Ella no estaba en casa, así que lo dejé en la mesa de la cocina. Cuando ella entró, dijo con toda la naturalidad del mundo, "oh, esa debe ser mi copa menstrual". Me recordó lo diferentes que eran las cosas cuando yo tenía su edad.

Con 19 años vine a España para pasar un año en Madrid. Iba a vivir con mi vieja amiga del colegio, Bev, en un pequeño piso que habíamos alquilado en el Barrio del Pilar. Iba a ser una gran aventura. Por aquel entonces, no muchas personas se tomaban un año sabático, pero yo lo hice.

Empecé a hacer la maleta con todo lo que pensé que necesitaría en mis primeros tres meses; ¡mi ropa, mis libros, mis cintas y seis cajas de tampax! Bev me había contado lo caros que eran en España. Como no tenía mucho dinero, había decidido llevármelos para no tener que comprar allí. No había mucho espacio en mi maleta, así que decidí abrir cada caja y dispersarlos entre la ropa.

Traté de cerrar la maleta, pero por supuesto no hubo manera. Me senté encima de ella tratando de aplastarlo todo. Llamé a mi hermano, Andrew, para que me ayudase, y, aún así, no pudimos cerrarla. En un momento de desesperación acabé por desempaquetar todo y volver a empezar. Esta vez quitando algún jersey o alguna chaqueta que me pondría el día del vuelo, a pesar de que a principios de septiembre seguía haciendo calor en Inglaterra y en Madrid, mucho más.

Finalmente, el gran día había llegado; me iba a Madrid. Me despedí de mi familia en la sala de embarque y pasé por el control de seguridad. Ya estaba de camino.

El avión aterrizó; tuvimos que coger un pequeño autobús para llegar a la sala de llegadas. Hacía un calor horrible. Estaba sudando muchísimo, además tenía que cargar con todas las capas extras que llevaba. Pero, una vez llegué a la terminal de llegadas, me sentí más aliviada porque tenían el aire acondicionado puesto.

Ahora era el turno de encontrar mi maleta. No fue difícil, ya que era de un color muy llamativo, ¡turquesa brillante! Destacaba entre todas las demás. Mi padre, que estaba acostumbrado a viajar mucho, me aconsejó que eligiera esa porque facilitaba la tarea de localizarla en las cintas transportadoras. Tenía mucha razón.

Continué con el recorrido hacia el control de seguridad. Como no tenía nada que declarar, pensé que iba a ser una cosa rápida, pero no fue así. Unos guardias me pidieron que abriese la maleta para revisar, algo rutinario. Sonreí nerviosamente, y empecé a abrir la maleta. Tal vez había sido por mi cara extremadamente roja del calor, o por el color de la maleta o simplemente estaban haciendo su trabajo, pero, de todos los pasajeros, me habían elegido a mí para la revisión. Miraron entre toda la ropa; se miraron el uno al otro, obviamente sorprendidos por la cantidad de tampones que llevaba dispersos por toda la maleta. Me estaba muriendo de vergüenza. Finalmente, me dijeron que podía cerrarla, cosa que me costó conseguir de nuevo, y me fui en cuanto pude, mucho más roja que antes.

Todo es normal y natural, por Encarna Bas
La vuelta de vacaciones nos trajo una cenita y un nuevo tema. La regla. Podía ser un instrumento de medida, una norma de una comunidad y hasta el reglamento de una orden religiosa. Pero no, nuestro trabajo sería sobre la menstruación femenina… En mi juventud no se hablaba de eso: era impuro y casi pecaminoso. Nunca lo entendí porque todas las hembras de los mamíferos la tienen. Bueno, no sé si cetáceos y delfines también cuentan con ella. Preguntaré.

Todo esto me trajo a la memoria la preparación de mi primera regla por parte de mi madre.
Con traje de nido de abeja, muñeco al brazo y bragas de perlé hechas por mi abuela, aterricé en otro país con la lección bien aprendida: debía pedir ayuda en cuanto notara algo raro, si me dolía la tripa, por ejemplo. La directora sabría lo que necesitaba.

- Todo es normal y natural me dijo mi madre.
- Las plantas tienen savia y florecen.
- Esto te va a servir para tener niños, ¡con lo que a ti te gustan “.

Y, así, me fue enumerando un sinfín de cosas maravillosas  que me pasarían si todos los meses pasaba unos días sangrando.

La mire atónita, no lo entendía muy bien pero, lo que sí sabía era que resultaba totalmente innecesario que a mí me ocurriera aquello .Yo ya sabía, con una lucidez impropia de mi edad, que yo no iba a tener hijos.

Hoy en día, peino canas y he pasado por la vida haciendo todo lo que una mujer normal hace, pero cuidándome extremadamente de no engendrar otro ser.
Tuve la regla; se me fue; me sofoqué; sudé… En fin, todo el ritual y aún hoy me pregunto por qué aquella niña que se agarraba a su muñeco sabía  que ella no quería tener muñecos de carne y hueso.

Unas cosillas para tirar, por Gloria Gallego

Aquella mañana, me habían informado de la posibilidad de poner un puesto en la feria de Altaria en El Escorial. Se trata de una feria de artículos de segunda mano donde uno puede llevar todo lo que ha dejado de usar o la ropa que ya no le vale. Me pasé la tarde rebuscando en los armarios y cajones. No me gusta deshacerme de la ropa que no me vale, con la esperanza de que, en unos años, comience a desinflarme y me pueda volver a colocar las minifaldas y los vestidos.

Me iba desesperando porque no tenía ni idea de qué podría llevar, así que, cuando abrí ese cajón y me encontré con aquellas bolsitas tan monas, con esos dibujitos y lazos, que me acompañaban en esos días en los que te pesa hasta el aire, siempre en el bolso grande, cuando salir de casa era toda una sorpresa, supe lo que iba a llevar a la feria. Porque yo la feria no me la perdía.

Mi puesto sería el más femenino de toda la esquina; lo que yo no sabía, ni me esperaba, era el revuelo que se montaría por unas compresas y unos tampones.

A la feria suele ir la mayoría del pueblo y es normal encontrarte con gente conocida, amigas que se acercan a contarme sus menopausias, acompañadas de sus hijas, que me contaban sus reglas… Vendí alguna mercancía a chicas que llegaron a preguntarme si disponía de algún lugar donde poder colocárselo. Yo les ofrecí que lo hicieran debajo de la mesa, que para eso me había llevado un mantel grande. Las hijas de las amigas ya usaban otras marcas más sofisticadas que te permiten hacer el pino o bailar en tanga, pero yo defendía mi mercancía, que una compresa que viene en una bolsita es muy aprovechable. Compresas y tampones vintage total.

Vamos, que yo lo que quería era pasar el día en la feria y lo conseguí. La próxima vez me llevo también los condones que me dejé en el cajón pensando que lo mismo podrían servirme para algo. Una protección extra en una noche loca.

Me pregunto ahora si los tampax tendrán fecha de caducidad, que ya he visto que los condones sí.

A varias jovencitas les tuve que explicar este sistema de tampón, ya antiguo, que venía con un cartón. Claro, que era mucho más ecológico que los de plástico, imagino que ahora, además, biodegradable; imagino que, en breve, lo harán de maíz y te lo podrás hasta comer. Está claro que en esto no manda lo ecológico (si no, se hubiesen extendido las cápsulas que te metes como un jarroncito),  que ya es bastante tener que estar sangrando durante una semana, con una mala leche de narices, como para pensar en el papel, en los peces y en el planeta.

Estas y otras conversaciones conmigo misma resumen mi fin de semana en el mercado Altaria.

lunes, 27 de noviembre de 2017

LA CAÍDA

Dibujo realizado con la técnica Sumi-e por Elena Margarita

LA CAÍDA, por Marisa Bono

Voy a contaros un caso que me ocurrió el otro día, y que aún no sé muy bien cómo catalogar, si como suceso sorprendente o como chiste.

Estaba en una de esas cafeterías en el centro de mi ciudad, con olorcito a cruasán  y café recién hechos, donde resulta tan agradable hacer tiempo a la espera de que abran uno de esos comercios que aún tienen la antigua costumbre de cerrar a la hora de la comida. No había mucha gente; la tranquilidad, el sosiego y el silencio se habían hecho con el local. Saqué mi libro, y con él en una mano y un té rojo con un poco de leche en la otra, me dispuse a darle un buen empujón al entretenido libro que estoy leyendo durante las dos horas que me faltaban hasta la apertura de la tienda en cuestión.

Leí, leí y leí… y, en uno de esos momentos en que levanto la vista del libro para pasar la página, veo que alguien desde la barra me sonríe saludando; se acerca con un café en la mano; llega hasta mi mesa, me planta un par de besos y se sienta a mi lado.

Me quedo sorprendida ante tanta familiaridad, pero incapaz, por otra parte, de preguntar abiertamente “¿quién eres?” y deshacer la confusión, y con cada minuto que transcurría me resultaba más y más difícil salir de aquel equívoco.

Va pasando el tiempo y compruebo que nos ponemos a hablar sin ningún tipo de problema, de cantidad de temas, algunos de ellos sin importancia, o de la actualidad, de la familia, del trabajo…. Y de otros más personales, que yo, de naturaleza más bien tirando a introvertida, me cuesta comentar con las personas de mi entorno y, de ninguna manera, ante gente desconocida.

Sin embargo, le expreso mis opiniones sin ningún tipo de reparo; le hablo de mis temores más íntimos, de la profunda tristeza y soledad que me provocan los años, de lo que yo considero que es la felicidad, de la melancolía de los domingos por la tarde, de la sensación que me ha producido el último libro leído, el último viaje realizado, la última película vista, en fin… Le hablo de mí.

Le hablo tan sinceramente como sólo imagino que puede hacerse ante un dios invisible o una persona desconocida, que no van a juzgarte y, si en algún momento van a hacerlo, tampoco te importa, ya que es probable que no vuelvas a verlos nunca más en tu vida y la opinión que puedan hacerse de ti es irrelevante.

Se ha pasado el rato y estoy tan relajada  que, cuando quiero darme cuenta, son las siete de la tarde, no he leído ni cinco páginas del libro, me he tomado tres tés, y me he olvidado por completo de las compras que tenía que hacer. El tiempo vuela realmente cuando se está a gusto.

Nos levantamos, recogemos nuestras cosas, pagamos la cuenta y cuando ya estamos en la puerta de la cafetería, despidiéndonos con los dos besos de rigor, no puedo contenerme y le digo:

-       ­Vas a perdonarme, pero tu cara me suena.
-       Pues, anda claro, como que soy tu hermano – me contesta.
-       No, no, de eso no, me suenas de otra cosa…
Me abstraigo pensando un segundo, buscando en el último pliegue de mi cerebro, allá donde vive la memoria y entonces…¡CAÍ!

LA CAÍDA, por Olga Gallego
¿Hola? ¿Hola? No oigo nada, creo que estoy sola. Me cuesta trabajo respirar y moverme. No veo, pero no sé si es porque tengo los ojos cerrados o por la oscuridad que me rodea. Tengo frío.  A ver, espera q recuerde... No sé qué día es hoy... Ni si es de día o de noche... ¡Ay! Sí, ya lo recuerdo.  Íbamos a hacer una salida a la montaña, pero ¿Adónde? ¿Con quién?

No puedo levantarme;  hay algo q me lo impide. Intento girarme, pero el espacio a mi alrededor es muy escaso. Voy a centrarme. Intentaré mover primero los pies, los giro, los separo y... No consigo sentir un apoyo en las plantas de los pies. Creo q estoy tumbada, pero ¿boca arriba o boca abajo? Escupo, hum,  boca arriba, no hay duda. Tengo la cabeza más alta que los pies, o al menos en la misma línea, eso seguro, porque no noto presión en las sienes. Noto frío en la espalda y no puedo mover los brazos, no los siento, los noto como dormidos. Lo intento con los dedos, creo q muevo algunos, pero me cuesta bastante. Parece que los tuviera atrapados bajo un peso muerto. Repasemos, estoy tumbada boca arriba con los brazos atrapados, y sigo sin recordar cómo he llegado hasta aquí. 

Estoy recuperando el tacto en una de mis manos, y la superficie es lisa, lisa y fría, húmeda tal vez. Estoy empezando a ponerme un poco nerviosa. Recuerdo que íbamos a ir a una nueva cueva y pienso que igual me he caído en su interior. Pero ¡por qué no soy capaz de recordar nada! Espera, sí, ahora lo recuerdo... Hemos quedado con unos amigos para hacer una ruta por la Pedriza, pero no recuerdo con quién ni cómo hemos llegado hasta aquí.

Oigo pasos
-          Y mamá, ¿dónde está?
-          ¡Estoy aquí!! -consigo gritar al fin-  ¡aquí!! 
De repente, veo una luz que me llega de refilón y la cara de mi hijo que asoma por un lateral. ¡Estoy salvada, por fin me han encontrado!
-          Mamá, ¿por qué lloras?
No lloro, es la emoción de volver a verte y de saber que van a sacarme de aquí -me digo para mis adentros-.
-          ¿Y qué haces debajo de la cama? ¿Te has caído?


LA CAÍDA, por Encarna Bas
El plan de aquella tarde prometía ser perfecto. Un paseo a caballo por el monte y una cena con amigos. Era todo lo que necesitaba para sentirme feliz y en paz.
Todo se truncó cuando mi caballo tropezó con una raíz y yo fui a dar con mis huesos en el suelo.

Aquella caída, que rompió mi medula, acabó con la vida que llevaba.
Días de hospital, operaciones, pérdida de “amigos” hacían que, poco a poco, también se me fuera rompiendo el alma. Las jornadas eran grises y monótonas, solo esperaba la muerte.

Un día, que había amanecido como otro más, apareció la sustituta de una de las enfermeras, y mientras me lavaba, me dijo:

-          "Es verdad que no tienes movilidad en las piernas, pero sí en los brazos. Puedes ver y oír. ¡Tienes la vida! ¡Aprovéchala y disfrútala con todo lo que tienes!
No podrás correr, ni bailar,  pero sí puedes ver el cambio de las estaciones y notar el viento en la cara, tomarte un café en el bar del parque y tener amigos.
Eres el dueño de tu vida; el gran señor de tus actos".
Lo asimilé y, con muchos miedos y constancia, me puse manos a la obra
Ahora tomo el sol otoñal junto a Bimba, mi perra labrador, mientras esperamos a otros coleguillas también con perro, para tomarnos un vinito.
Aquella chica desconocida y muy sabia, a pesar de su juventud, consiguió hacerme creer que existen los ángeles.


SUEÑO EN OCRE, por Emilia Ruiz
Caes en suave balanceo, trémula, insegura, como quien no quiere llegar ni posarse.
La rama es ya solo una evocación; queda lejos ahora su savia y cobijo; atrás, los cálidos días de reunión en torno al cielo.

Surcas la llovizna de esta tarde de octubre,
Te capitanea la brisa racheada, empeñada en evitar tu descenso. Te me escapas airosa, huidiza, pues tampoco tú quieres tocar el suelo.

Ven al lecho y descansa, que ya volverán las primaveras. Sueña en verde, que despierta tu alma de hoja; duérmete en mi ocre, que calienta los cuerpos y los reposa.


sábado, 18 de noviembre de 2017

DESDE MI VENTANA


El vestido rosa, por GLORIA GALLEGO

Subía corriendo las escaleras del portal. Me había comprado por fin el vestido rosa con el que había soñado el último mes. Hoy no  importaba que  el portal  estuviera sucio, oscuro, con las escaleras rotas y el olor a orines. Me sentía contenta y sonreía agarrando con fuerza la bolsa con mi vestido nuevo. Esta tarde había quedado con él; iríamos al parque y nos besaríamos; le iba a encantar este vestido, me sentía con el corazón acelerado y temblor en las piernas. Mientras revolvía el bolso y buscaba la llave para abrir la puerta.
“Tengo que organizarme; este bolso está lleno de cosas inútiles.”

Tocaba el timbre y mi madre no contestaba.

“Esta vieja me está amargando, porque no puede levantarse y ¡¡¡¡abrir!!!!!”

Oía el ruido de la televisión, en el salón, al fondo del pasillo, como siempre, a todo volumen. Por fin, las llaves estaban en mi mano y abría la puerta. No me apetecía saludar ahora a mi madre, gritando “hola” me fui a mi habitación. El pasillo olía a tabaco; seguro que ella había estado fumando. ¡Qué asco!

Me desnudaba lentamente, sonriendo ilusionada. La ventana estaba abierta, la cortina descorrida, la brisa entraba. Mi vecino, como siempre, estaba mirando, hoy más descarado que nunca. Yo, desnuda, me extendía crema por el cuerpo. Me puse el vestido y las sandalias blancas. Llegué al fondo del pasillo, al salón a despedirme. Aquella ventana también estaba abierta; la cortina, descorrida… Mi vecino seguía mirando y me sonreía, ¡¡¡qué descarado!!! La televisión seguía encendida; su cabeza estaba caída; el cigarro se había apagado entre sus dedos. Al tocarla noté su piel fría. Acerqué mi cara a la suya intentando sentir su respiración; su corazón había dejado de latir.

No puede ser, no. Este no era un buen momento; este no era el momento que yo había planeado. Yo tenía que estrenar hoy mi vestido rosa y pasear por el parque.

Cuando levanté la mirada, mi vecino seguía mirando. Él sabía que mi madre estaba muerta. Me coloqué el vestido y lo miré. Me colgué el bolso al hombro y salí al pasillo, hacia la puerta. No iba a arruinar mi tarde, quería estrenar el vestido… Ya veríamos después.
Al abrir la puerta, mi vecino abría la suya.

Cuando vuelvas tendremos que hablar, ¿no crees?

No contesté, bajaba las escaleras sonriendo, el vestido rosa, suelto, se movía al ritmo.

Mis piernas temblaban; me agarré al pasamanos y bajé las escaleras moviéndome al ritmo de las sandalias de tacón blanco.

Sonreía.


Ya vería, tendría que ocuparme también de él.






Desde mi ventana, por ENCARNA BAS

Una caída morrocotuda por unas escaleras me mantenían en casa con una baja que no terminaba nunca.

Mis rutinas diarias, como subir una persiana, agacharme a meter un plato en el lavavajillas o coger la bolsa de la basura, eran el termómetro de mi mejoría. El periódico, los libros, las llamadas de mis amigos, me entretenían, pero lo que realmente me daba vida era la ventana del cuarto de estar.

Todas las mañanas me sentaba  y observaba la calle. Hiciera sol  o lloviera  el trasiego de gentes no paraba.Generalmente, siempre eran los mismos y a las mismas horas. La mujer que llevaba los niños al cole; el ejecutivo que esperaba el autobús por no sacar el coche; la chica que corría para abrir la tienda de al lado y el metódico que diariamente tiraba a la papelera la servilleta con la que se limpiaba el sobrante de grasa de los churros que acababa de desayunar en el bar de abajo.

La vida fluía y yo no era nada más que un simple espectador, no pertenecía a la corriente. Unas horas más tarde, la mujer regresaba con los niños; el ejecutivo se bajaba en la parada de enfrente; la chica de la tienda caminaba cansada en el sentido contrario y, poco a poco, la noche iba cayendo.

Un día, apareció un nuevo personaje. Un hombre de mediana edad, bien parecido, elegante de formas. Se sentó en un banco de la acera y allí estuvo un rato. Al día siguiente, lo mismo, y así varios días. Llegaba, se sentaba, miraba hacia el jardín que tenía enfrente y luego se levantaba y se iba. ¡Qué curioso!

Al cabo de varios días, por entre los barrotes del jardín, salió un ser sucio, desnutrido y temeroso .El hombre lo llamo y, pegado al suelo y tembloroso, cruzó los escasos metros que había entre la verja y el banco .El hombre sacó algo del bolsillo y se lo dio a comer; el perro lo cogió tímidamente y salió corriendo hacia su escondite.

Esta escena se sucedió durante varios días; el perro llegó, incluso, a asomarse entre los barrotes antes de que llegara el hombre. Ese momento ya era una alegría para ambos. El perro salía confiado, se dejaba acariciar; algunos transeúntes hasta se volvían para seguir contemplando la escena.


El ultimo día que los vi, el hombre sacó de una bolsa un collar; rodeó  el cuello del perro y muy contentos los dos se fueron calle abajo. No volví a verlos .Los eché de menos durante unos días, pero, al poco tiempo, yo también me uní a la corriente de la vida.






Mi barrio, desde mi ventana, por OLGA GALLEGO


Yo vivía en un cuarto piso sin ascensor en un barrio de las afueras de Madrid. Apenas sesenta metros cuadrados para repartir con mis tres hermanos y mis padres; en algún momento tuvimos hasta perro, algún que otro hámster, un periquito, conejos y pollitos de colores, de esos que te regalaban al comprar una docena de huevos, o un cartón, no lo recuerdo exactamente.  Como el espacio era breve había que compartir habitación y como éramos dos y dos, las chicas teníamos una y los, otra. La nuestra era la más grande y luminosa con una ventana que daba al exterior y por la que podía ver los jardines, oír el toque de los cuarteles y oler, “hummm” el olor del barrio...

Es un día soleado de marzo, las flores empiezan a brotar y sus olores impregnan el aire. El árbol del paraíso está cuajado de flores y su fragancia se extiende por todo el barrio y llega a mi ventana. Este olor y el del césped recién cortado son los dos aromas que me transportan a mi infancia y juventud y que siempre me recuerdan al barrio. 
Es agradable notar el sol a través de la ventana y mejor aún abrirla y asomarse. La mezcla de olores, el calor y el viento en la cara son suficientes para alejarme del bullicio de la casa. Me gusta mucho esta ventana; no es que sea especialmente grande ni, pero es mi ventana. Bajo ella tenemos una cama y me paso horas allí sentada asomada a mi pequeño mundo. Tengo una planta y me gusta cuidarla y regarla. La voy podando y observo cómo va cambiando gracias a mis atenciones, cómo los brotes jóvenes crecen con más fuerza si eliminas la vieja ramita de abajo y cómo las hojas brillan si le quitas el polvo de vez en cuando. También tengo velas que me gusta encender por la noche y sentarme a contemplar su llama mientras me fumo algún que otro cigarrillo.

Sí, esta ventana también es testigo de mis primeras incursiones en el mundo del tabaco. Fumar asomada a la ventana queda muy chic y hay que reconocer que resulta muy práctico para impedir que el humo se cuele en toda la habitación, el humo no sé, pero el olor se colaba aunque pusiese todo el cuidado del mundo. 

En un barrio con tanto jardín y césped es muy fácil que proliferen los dípteros, vamos los mosquitos, que cada noche se cebaban conmigo. Amanecía llena de picaduras. Según mi hermana me picaban sólo a mí porque los mataba y era la manera que tenían sus familiares de vengarse. Así pasaba el calor, víctima de una “vendetta” díptera. Mi padre, que siempre ha sido muy ocurrente, pensó que lo mejor para librarnos de los mosquitos era poner una mosquitera, pero no una malla, no, sino una de esas que van conectadas a la red y que literalmente "fríen" al mosquito. Tienen una luz azulada, como las de las discotecas, rodeada por una rejilla electrificada que es la que los ejecuta. Fue mano de santo, ni un sólo mosquito se atrevía a asomarse a mi ventana, pero no sucedió lo mismo con las polillas. Eran atraídas por la luz y resultaban tan grandes que la rejilla no era capaz de matarlas, así que fueron tomando posesión de la habitación. Entrabas y al dar la luz se formaba tal revuelo de polillas que parecía más un mariposario que un dormitorio. Duró poco el mosquitero. A los pocos días me libré de las pero volvieron los mosquitos. Para evitar convertirme en su objetivo una noche tras otra, tomé la determinación de no encender la luz con la ventana abierta, lo que resultaba bastante complicado en las noches calurosas de julio. 

Te metías en la cama, corrijo te echabas sobre la cama, porque con el calor resultaba insoportable meterse bajo la sábana, y cuando empezabas a coger el sueño se colaba por la ventana el mosquito perdido que comenzaba a zumbarte en el oído. Para matarlo, encendía la luz, que como un faro en la costa atraía a los demás, y vuelta a empezar. 

Otras , las reinas eran las cotorras, sí, sí, cotorras. Aves exóticas, o pájaros tropicales que les digo yo, que desde la Casa de Campo se han extendido por distintos barrios de Madrid, el mío entre ellos. Estos pájaros se agrupan en colonias y hacen grandes nidos en los árboles. Son muy invasores y además son superescandalosos, sobre , al amanecer. Con los primeros rayos de sol despierta la colonia y sus píos y graznidos se extienden por el barrio y entran por mi ventana despertándome cada mañana. Y, si no lo hacían ellos, era el toque de diana de los cuarteles de la zona: ti tirititi tiri tiri tiri...


Hace ya muchos años que no vivo en esa casa ni en ese barrio, pero su recuerdo permanece en mi memoria, y para que el mismo perdure escribo estas líneas, que expresan cómo percibía yo mi barrio desde mi ventana.


Ventanal con vistas, por EMILIA RUIZ

Queridas amigas:

Hoy es viernes. Hace apenas un minuto eran las 10,30. Aún se oye un murmullo en los pasillos del instituto, algún alumno díscolo empeñado en andar zascandileando en vez de en su aula, su pupitre, que siente como su prisión.

Estoy en el departamento de Lengua, en mi hora de atención a padres. Hoy no ha venido nadie, de manera que he podido sentarme a pensar, a disfrutar de mi primera mandarina otoñal y, así, sin quererlo, en el gesto recostado sobre el sillón en el que me hallo, mis ojos se han sentido atraídos por la luz exterior que me llega a través de la ventana.

Después de los amagos tormentosos de principios de semana, terminamos, a dios gracias, con una mañana clara y templada. Sólo se aprecian algunas nubes de recovecos grisáceos en el horizonte, encaramadas en lo alto de las montañas que desde aquí se divisan.

El primer edificio que sobresale sobre los demás es la iglesia de Valdemorillo, que debe ser bastante antigua, y que se localiza en el centro del pueblo. Alrededor de la torre se condensa el rojizo de los demás tejados. Más allá, ya se extiende el verde, ininterrumpidamente, hasta El Escorial. Veo desde mi ventana nuestro pueblo y sé que, al fondo, aunque no pueda apreciarlo con nitidez, se levanta el regio Monasterio.

Nunca pensé que pudiera llegar a acostumbrarme a estos paisajes serranos y a sus cambios de escenario estacionales, del marrón de noviembre al blanco y gris invernales y el verde intenso y frondoso de mayo. Lejos quedan mi mar, las palmeras, limoneros y llanuras semidesérticas de plástico. El tiempo todo lo ajusta. Ahora sé que estoy donde debo y necesito. Aquí están mi hogar, mi trabajo y mi remanso de paz.

Todo esto pienso mientras miro y contemplo el mundo desde mi ventana, pero, si en vez de posar la mirada en los confines que hay detrás del cristal, me asomo por mi ventanuco interior, el que conecta con el laberinto de mi alma, sé que podré quedarme igualmente absorta y reflexiva. Os diré que, desde aquí, en este momento vital que quiero pensar que se encuentra en la mitad del camino de mi vida, puedo divisar con perspectiva, y desde la madurez de mis cuarenta recién cumplidos, los acontecimientos del pasado; soy crítica conmigo misma y con mi historia, pero me siento satisfecha con todo lo cosechado hasta el momento, a golpe de esfuerzo, a golpe de suerte.

Ahora, al mirar mi horizonte interior, lo que más valoro, sin duda, es la sensación de libertad que me embarga; me siento dueña de mis designios, segura de mis principios. Por primera vez en mucho tiempo, no siento angustia ante el devenir de la vida. Doy la bienvenida a cada día como una oportunidad para crecer, para aprender, para ofrecer lo mejor de mí misma y enmendar mis desatinos. No me hace zozobrar la inquietud de no saber qué será de mí mañana. Nadie lo sabe. No es bueno sufrir por lo que aún no ha pasado.

Si tuviera que elegir colores para decorar este mundo mío, el de dentro, creo que elegiría tres, azul, verde y amarillo, en su versión más tenue. Retratan mi calma y buena energía. Quizá haya algún día borrascoso, pero habré de difuminarlo a pinceladas.

La paz de este instante parece que será en breve interrumpida. Realmente no me importa, pues este bullicio estudiantil que ameniza mi día a día es realmente otra de las grandes fuerzas por las que me siento movida en este momento. Con mis alumnos descubro nuevos paisajes a diario. Intento mostrarles el mundo desde mi ventana, la de profesora, de fondo verde y marco de pizarra. Lo que allí escribo, el mensaje que retrato, confío en que pueda llegar a convertirse en un complemento más para la decoración de su futuro escenario vital. Quizá, cuando un día se sienten a mirarse por dentro, recuerden a quien les abrió la ventana por primera vez.

Suena el timbre. Cierro el cristal, por si mañana llueve y ya no estoy.



EL SILENCIO

EL SILENCIO, Encarna Bas Empezaba a hacer fresquete, cambiábamos de estación y parecía ayer que sacábamos la ropa de verano. Vacié...