sábado, 30 de septiembre de 2017

EL VERANO


EL VERANO, por Marisa Bono

¡Qué buena estación es el verano! Sobre todo, en el mes de abril, cuando poco a poco voy saliendo del lento letargo que me producen el invierno, con sus días tan cortos y sus noches interminables, su frío, su viento, su lluvia, su nieve, y el inmenso tedio que me provocan tantos meses de rutina y madrugones.

En los últimos días de frío y tiempo desapacible, miro hacia el verano con unas tremendas ganas de que todo eso termine y de alguna forma cambie.

Disfrutar de la luz, el sol, trasnochar, la piscina, la cerveza y las necesarias vacaciones. Comprobar, reloj en mano, cómo, día a día y poquito a poquito, la luz le va arañando minutos a la larga noche invernal.

Es en ese momento cuando me doy cuenta de cuánto lo he echado de menos.

¡Qué buena estación es el verano!, sobre todo en el mes de octubre, cuando poco a poco voy saliendo del lento aplatanamiento que me produce el verano, con sus días sin fin y sus noches minúsculas y calurosas. Cuando aún no se me ha olvidado el resentimiento que le tengo, por ese maldito calor abrasador que no me permite hacer todo lo que me gustaría al aire libre….

En principio, y así leído, puede parecer que verdaderamente el verano no me gusta, y sí, es posible que no sea mi estación favorita, aunque bien mirado, he de reconocer que tiene no muchos, sino muchísimos aspectos positivos, como por ejemplo:

     Las vacaciones, aunque todo está mucho más caro.

Los días más largos, aunque no se pueden hacer muchas cosas en la calle por el exceso de calor.

Hay muchas flores y se produce la polinización; por otro lado, están las abundantes picaduras de insectos.

No hay tiempo para ver la televisión, pero, bueno, en la programación veraniega son todo reposiciones.

Salir de noche con la fresca, sin estar hasta muy tarde porque al día siguiente hay que madrugar.

Lo corta que es la ropa, aunque, claro, habrá que depilarse.

El buen color que cogemos, sin olvidarnos la crema FP50, para evitar las quemaduras solares.

Lo bien y rapidito que se seca la ropa, aunque tengamos que poner la lavadora más a menudo.

Las fiestas de los pueblos, sin olvidarte de la Guardia Civil haciendo control de alcoholemia a la salida del pueblo.

La piscina, pero ponte las chanclas que puedes coger hongos.

Los helados… y ni se te ocurra pesarte.

Las frutas estacionales, pero ten cuidado con el exceso de fibra.

No ponerte medias ni calcetines, todo el día con los pies negros por estar en chanclas.

La cerveza helada, y pide hora en el Centro de Salud porque te han salido placas en la garganta.

Las ventanas abiertas, con la cantidad de ruido y mosquitos que entran…

La playa, sin sitio para poner la sombrilla.

Los viajes, con su inevitable huelga de Renfe y los Controladores Aéreos.

El poco trabajo que hay, aunque sabes que no hay nadie para poder echarte una mano.

Las terracitas de los bares, ¡madre mía!, lo que ha subido la cerveza.

Los cines de verano, y la calentura que te sale en los labios de tanto comer pipas.

No llueve nunca, con la proliferación de incendios provocados.

Tener tiempo libre, si es que el calor te permite disfrutar de él.

Las vacaciones familiares, con el consiguiente abandono de mascotas.

El apartamento en la playa, aunque te pases los primeros diez días buscando el menaje.

No hay atascos en la carretera, pero el Ayuntamiento ha aprovechado el poco tráfico para hacer obras.

No hay fútbol, pero sí hay canción del verano.



No sé, no sé… Ya os avisé de que no era mi estación favorita; aunque, en el fondo y bien mirado, pienso en este verano que aún no se ha ido y ya lo estoy echando de menos, sobre todo hoy, que ya tengo los pies heladitos.


VERANO, por ENCARNA BAS

¡Por fin habían llegado las vacaciones! Tres amigas habíamos decidido  aprovechar los días largos del verano para hacer un viaje, meter nuevas cosas en la cabeza y desconectar del trabajo.

Las plantas, en el patio; el perro, con una amiga; y el coche, con todo cargado. Era el resultado de una preparación minuciosa aderezada con ilusión.

Una llamada de madrugada… ¡Qué mal presagio! Fue el aviso del atropello de una de las tres. El hospital estaba lleno, no solo de dolor físico. La angustia, el miedo y la incertidumbre se paseaban por los pasillos. Hacía frío y no solo por el aire acondicionado.

Aprendí muchísimo aquel verano; conocí  la otra cara de las vacaciones, la que nadie quiere ver, la que no comprendes por qué te ha tocado a ti vivir, sin darte cuenta de que antes ya le ha tocado a otros muchos.

Parece que es obligatorio que tener que salir de tu ciudad, ir a la playa o a la montaña o, incluso, a otros países. Yo misma me encontraba descolocada; yo misma protestaba; yo misma creía que estaba perdiendo mis vacaciones.

No sé cómo me di cuenta, pero cuánto bien me hizo. Había disfrutado de un verdadero lujo al poder contar con algo que no era obligatorio ni necesario. Lo importante era tener salud; lo importante era recuperar a mi amiga y lo demás era todo un lujo.


Han pasado años. Nuevamente, he entrado en la marea de programar vacaciones; nuevamente, me tomo con verdadero placer un vinito junto al mar; nuevamente, paseo al atardecer  y, a la hora de acostarme, doy gracias a la vida por poder hacerlo, porque es un lujo, no necesario que la vida me regala, porque un poco más allá sé que hay mucho dolor.

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