miércoles, 23 de mayo de 2018

La República





LA REPÚBLICA – Mi abuelo Félix
Por Olga Gallego

-      ¡Nosotros somos republicanos!
Gritaba siempre mi abuelo cuando mi padre le decía que quería ir con el frente de juventudes a Ávila a jugar al ajedrez.
-      Déjate de juegos y preocúpate más por ayudar en casa, que hay mucho que hacer.

Un gran tipo mi abuelo, un republicano de la cabeza a los pies que tuvo que vivir en bando nacional y sacar adelante a una familia con siete hijos. Tarea ardua y complicada, si además se están criando en un pueblo donde los falangistas encandilaban a los chavales con viajes, juegos y pasatiempos de todo tipo. Entretenimientos que traen de cabeza a los padres porque distraen a los jóvenes de sus tareas y quehaceres diarios.

El motivo de discusión de aquella tarde era que el niño, Perico, mi padre, se había apuntado a una salida con los falangistas y mi abuelo no estaba de acuerdo. Mi abuela, una mujer más práctica que republicana con siete bocas que alimentar y poca comida que darles, opinaba que si el chico, por jugar al ajedrez comía un día, bienvenido sea, aunque la comida se la dieran los nacionales.

Al día siguiente y desoyendo a su padre, el mío, se fue con el Frente de Juventudes a Ávila a jugar un torneo de ajedrez. Lo de menos era el juego, cualquier escusa era buena para salir del pueblo y viajar, aunque fuera a 50 km. Además, les daban alojamiento y comida y comer un plato para ti solo cuando eres el penúltimo de siete hermanos es una gran victoria.

Después del torneo, les dejaron la tarde libre para dar un paseo por la ciudad e ir al mercado chico. Tenía tres pesetas que le había dado su madre para que se comprara unas alpargatas, pero a sus diez años y a él les pareció mejor idea comprarse un silbato y una linterna. Así volvió mi padre a casa aquella noche, enseñando a todos sus compras. Su linterna y su silbato fueron la envidia de sus hermanos y amigos. Se sintió el muchacho más feliz del pueblo.

Al día siguiente, antes del amanecer, mi abuelo fue a buscarle:

- Perico, levanta que tienes que ir a cavar unos surcos a la viña de Navaserrada.
- Pero, padre, es que ese camino está lleno de abrojos y no tengo alpargatas. Además, no ha amanecido todavía y está muy oscuro. 
El abrojo es una planta herbácea rastrera de hoja perenne cuyo fruto es una semilla con cinco espinas, tan duras que son capaces de perforar la suela del zapato, y no digamos si vas descalzo.
- Bueno, dijo mi abuelo, pero para eso tienes una linterna con la que puedes iluminar tu camino y un silbato que puedes soplar en caso de que te pinches.

En ningún momento le reprochó que no se comprara unas alpargatas. Y allá fue mi padre, obediente, con su linterna y su silbato, a realizar la tarea que le encomendó el suyo.

LA REPÚBLICA
Por Marisa Bono

Para inspirarme un poco con este tema tan poco evocador, le he preguntado a mi asesor universal sabelotodo: internet. “República” le he dicho, y me ha contestado con la consabida definición. No contenta con esta respuesta tan anodina, he insistido delimitándole un poco más el tema y le he dicho: “Repúblicas en España”. Y me ha contestado que dos. Me cuenta los períodos, los protagonistas; pero tampoco me da pie a la inspiración, hasta que llego a la parte en la que se habla de las constituciones que han regido estos dos períodos tan minúsculos de la historia de España.

La primera República, regida por la constitución de 1873, que no llegó ni a estar promulgada, y la segunda República de 1931, que como bien sabemos duró hasta el año 1939.

Me llama la atención la trayectoria del siglo XIX en cuanto a constituciones se refiere, desde la primera de ellas de 1812, hasta la última de ese siglo, hay ocho constituciones en un lapso de 65 años.

De forma que, si una sola persona hubiera tenido que realizar este trabajo de una forma continuada, la imagino sin poder hacer otra cosa durante esos años, sólo hubiera tenido tiempo de pensar, redactar, editar, promulgar y derogar constituciones, ¡pobre!

Miro el cuadro explicativo en la pantalla del ordenador, comparando y analizando. Si me dieran a elegir, sin duda mi preferida es la de 1873, por la que se rigió la primera República, la primera constitución que contempla el estado en forma de República, la más avanzada en derechos y libertades, incluso más que la actual, siendo cien años más joven.

Fantaseo con la idea y me pregunto cómo seríamos si esa constitución hubiera sobrevivido a tanto motín, golpe de estado y derrocamiento. ¿Seríamos los mismos?

Me gusta pensar que todo sería diferente y, por supuesto, mejor, ya que llevaríamos años y generaciones asimilando la buena educación, el respeto, la solidaridad, la empatía, la igualdad, la integración, la libertad… Que ya formaría parte de nuestro ADN.

Que seríamos capaces de sentarnos a escuchar al otro y que entraría dentro de nuestras posibilidades el que pudiera tener toda la razón, o por lo menos parte de ella.

Que hubiéramos sido capaces de negociar, por ejemplo, los planes de estudio, que se harían pensando única y exclusivamente en los alumnos, en su completo desarrollo personal, físico e intelectual, que serían concebidos por lo menos para 25 años, para una generación completa.

Que seríamos inflexibles ante la corrupción, la rapiña, el amiguismo, la injusticia, la violencia, la mentira…

Que no permitiríamos estas muestras de debilidad y egoísmo en los demás y mucho menos en nosotros mismos.

En fin, que no basaríamos nuestro grado de felicidad fundamentalmente en el buen tiempo, en la cantidad de bares por metro cuadrado, y en la pericia personal para escaquearnos o de alguna manera “engañar” a otros, ya sea hacienda, al jefe, al seguro, a la seguridad social…. La lista es interminable.

El granizo golpeando el cristal de la ventana me despierta, creo que me he quedado dormida, mientras comparaba constituciones, y hasta incluso diría que he soñado.
Deseo que salga el sol y se acabe el invierno, tomarme unas cervezas en una terraza, llegar mañana tarde al trabajo poniendo alguna excusa o mejor llamar diciendo que estoy enferma y no puedo ir…


MIS MUSAS, LAS MAESTRAS
Por Emilia Ruiz
No sé qué me pasa últimamente, pero no me siento muy motivada, así en líneas generales y, más particularmente, a la hora de escribir. No me quiero dejar arrastrar, aunque siempre se ha dicho que la creatividad es una cuestión de inspiración, ¿dónde estáis musas, que me tenéis abandonada? Nada me mueve y la sensación me deja con el corazón estancado. Quizá, si pusiera más interés por la actualidad informativa y viese el telediario de vez en cuando, podría llegar a sentir indignación ante la desvergüenza de muchos de los personajes del panorama social y político, alentándose desde mis entrañas un fogonazo contestatario que termine por despertarme ya de este sopor existencial mío.

Veo que mi compañera de trabajo, muy querida y admirada por otra parte, luce en su mochila de profesora un pin con la bandera de la República española. Raquel celebra su cumpleaños  este sábado, día 14 de abril, orgullosa de soplar velas el mismo día en que se conmemora la proclamación de la II República Española. Mi amiga se considera una firme defensora de que nuestro país se transforme radicalmente e instaure la tercera y definitiva república que, según ella, nos proporcione un sistema verdaderamente democrático, en el que prevalezca la justicia, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley que debe ampararnos , más allá de nuestras diferencias culturales, religiosas, ideológicas o económicas.

La escucho con mucha admiración, porque veo que sabe mucho y muestra conciencia política y social. Yo, que pertenezco a la generación postfranquista y nací un año antes de que se firmase la Constitución Española, crecí escuchando en casa lo bueno que había sido nuestro anterior rey, Juan Carlos I; todo eran elogios a la hora de valorar su papel institucional en la denominada Transición, pues, según nos han contado, supo conciliar posturas, dar cabida en el  nuevo escenario democrático a todas las posiciones políticas, incluso a las que durante décadas tuvieron que vivir en el exilio y fueron perseguidas en razón al color de su bandera.

Me declaro muy ignorante en muchos aspectos relacionados con la historia reciente de España. Quizá lo sea porque en los años que tuve que estudiarla había muchos temas que seguían tratándose de manera muy edulcorada, y a veces sectaria, pero también por cierta dejadez . Creo que mi actitud habría sido bien distinta si la vida me hubiera puesto en el aprieto de tener que sufrir en mis propias carnes las consecuencias de las injusticias, del reparto desigual de las riquezas, que encumbra a una minoría y arrincona a tantos, esposándolos a una realidad socioeconómica en muchos casos insostenible. La tibieza de pensamiento se tornaría indignación, furia interna incontrolable, si hubiera sentido que mis derechos y libertades han sido quebrantados por algún grupo de poder, ya sea el Estado o por parte de los llamados poderes fácticos…

He leído algunos textos sobre la II República. Creo que entiendo, en líneas generales, cuál fue el propósito republicano después del reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera. Reconozco, sin embargo, que me he perdido en la maraña de acontecimientos políticos que se sucedieron en los dos bienios que abarcó la segunda República “en paz”, entre republicanos-socialistas, el partido republicano radical, la Confederación Española de Derechas Autónomas, la Revolución de 1934, que representó la insurrección anarquista y socialista y el posterior Frente Popular, que, tras las elecciones generales de 1936, solo pudo gobernar cinco meses, hasta que el 18 de julio de ese mismo año tuvo lugar el golpe de Estado por una parte del ejército que desembocó en la guerra civil española. Por no hablar de la llamada segunda República en guerra, de 1936 a 1939.

Llegados a este punto me doy cuenta de que no es nada fácil bucear en el pasado y comprender las razones y sinrazones que conducen a un país a una guerra. Creo, de hecho, que fue entonces, en aquellos tres años terribles, donde terminaron de forjarse, a fuego lento y ensañado, las etiquetas, los colores, los prejuicios que han mantenido enfrentados a los ciudadanos de este país: rojo, morado, azul, fascista, comunista, franquista, derechas, izquierdas, y otras heredadas, marxistas, leninistas, anarquistas… No quiero ni entrar a descrifrar qué significa ser una cosa o la otra. Yo he terminado convirtiéndome en una mujer adulta, con cierta instrucción, del siglo XXI, sin el resguardo de ninguno de esos paraguas, aunque quizá sí a la sombra del que eligió mi familia para significarse políticamente. Mis padres, que vivieron la represión franquista y estudiaron Geografía e Historia en los últimos años de la dictadura, se declararon siempre firmes defensores de la democracia y de la Monarquía constitucional que se instauró con Juan Carlos I y continua, de momento, con Felipe VI…

Pero quiero pensar que el concepto de República tiene mucho más calado y trasciende las banderas y la cuestión política e institucional (tendré que seguir madurando en este sentido mis posiciones como ciudadana comprometida que aspiro a ser). Porque yo miro a Raquel, observo su trato con los alumnos, escucho sus opiniones sobre lo que debe ser la escuela y su análisis de la realidad educativa y veo en ella a una mujer comprometida con su trabajo, que está convencida de que la educación debe ser pública, de todos para todos, porque todos tenemos los mismos derechos, porque la educación es un derecho, y veo que ella, como otros tantos compañeros a los que me honra haber conocido, ofrece lo mejor de sí misma al alumno pobre, al rico, al que tiene dificultades en el aprendizaje y al que se le desborda el intelecto, a la chica peleona que despotrica contra todo, a la muchacha del pañuelo, al chaval de trato amable y al que osa, desde la más supina ignorancia, cuestionar la calidad de un texto de García Lorca. Me gusta su espíritu crítico y me encanta escucharla hablar de cuestiones muy candentes y actuales, como el feminismo. No sé si comparto todo cuanto ella defiende, pero sí sé que contar con ella, con su visión del mundo, de la vida, de la educación, de la literatura, resulta del todo estimulante y enriquecedor.

Y como ando en este momento vital tan confuso y no daba con el aire que quería darle a este texto, pensé que sería buena idea comentarle a Raquel que tenía que preparar para mi próxima reunión de Empiñadas algo relacionado con la República. Le estuve hablando de que tenía en la cabeza hablaros de las Sinsombrero, nombre con el que se conoce a la generación de mujeres pintoras, poetas, novelistas, ilustradoras, escultoras y pensadoras, que a través de su arte y activismo desafiaron y cambiaron las normas sociales y culturales de la España de los años 20 y 30: Teresa León, Ernestina de Champourcín, María Zambrano, Rosa Chacel, Maruja Mallo, nombres silenciados de la historia oficial de la generación del 27, entre muchos otros… y pensé en ellas porque hacerlo significaba querer entender su contexto histórico, que abarca los años de la dictadura de Primo de Rivera, la República y la guerra civil.

Aunque a Raquel creo que le pareció interesante la idea, sobre todo porque los profesores de Lengua y Literatura llevamos años queriendo reivindicar los nombres de todas estas mujeres como legítimas representantes de la clase intelectual española de aquel momento, me sugirió un tema si cabe más oportuno. ¿Por qué no hablas de las maestras de la República? Así podrías mostrar qué representaron las ideas republicanas para la educación…

Aunque los entresijos políticos e históricos que sustentaron la República me hayan resultado difíciles de asimilar, así en una primera lectura, mi compañera me hizo ver que había una cuestión mucho más próxima a mí y que, sin lugar a dudas, constituye el punto de partida para cualquier propuesta ideológica que pretenda enarbolar la bandera de la libertad y la igualdad entre las personas. 

Uno de los grandes compromisos sociales de la democracia de la Segunda República fue la educación, pues solo acercando el saber y la cultura a todos los ciudadanos sería posible asegurar una sociedad libre e igualitaria, con criterio para elegir su destino desde el mismísimo conocimiento de causa. El objetivo era configurar el estado docente, que llevaría la enseñanza a los rincones más remotos del país para construir una sociedad más justa, equitativa y solidaria.

Las maestras de la república, o sencillamente republicanas, tuvieron un papel principal en este propósito, pues participaron de forma comprometida y valiente en su desarrollo material. En aquellos años 30, estas profesionales representaban el modelo de mujeres modernas e independientes. Ellas serían las responsables, en buena medida, de la construcción y difusión de la nueva identidad ciudadana, al educar a su alumnado en los valores de igualdad, libertad y solidaridad, tanto a través de la transmisión en los contenidos en las aulas como, sobre todo, con su ejemplo personal. Algo que nos suena ahora a rabiosa actualidad, al colmo de la reivindicación de la educación en valores, fue ya una realidad hace más de setenta años. Estuvimos en el camino de convertirnos ya, a comienzos del siglo XX, en la sociedad moderna en la que aún hoy aspiramos a convertirnos.

Estas maestras trabajaron con denuedo en las aulas de todo el país desde el más absoluto compromiso con la igualdad social y de género. Como nos cuentan en el documental que se les ha dedicado y que os recomiendo, fueron conscientes de que cada paso que daban representaba el dibujo del camino por el cual otras transitarían". Se embarcaron en los viajes de estudios, participaron en las Misiones pedagógicas, ocuparon puestos de dirección en los colegios y formaron parte de organizaciones sindicales, políticas y asociaciones feministas y ciudadanas. Fueron pioneras en diversos procesos de innovación y prácticas pedagógicas que abrían las aulas a una metodología activa y participativa. Sentaron las bases de una propuesta educativa que actualmente consideraríamos del todo revolucionaria y que, en caso de que nuestro sistema de enseñanza la incorporase, nos conduciría, casi con toda seguridad, a un éxito rotundo en materia de educación. Ríase usted de Finlandia.

Porque creían en la igualdad derribaron los muros que separaban a los alumnos y alumnas, apostando por la enseñanza mixta y laica, pues creyeron que así era posible compartir intereses y conocimientos desde la igualdad, dejando de lado los condicionamientos sociales, culturales o religiosos. 

Este ambicioso proyecto pedagógico quedó interrumpido tras la guerra civil, con la represión ejercida por el bando vencedor sobre el ejercicio del magisterio por parte de estas maestras. Se intentó acabar con ellas tanto física como simbólicamente, persiguiendo los valores de igualdad y autonomía que representaban.  Además, con el franquismo, se produjo una intolerable injerencia del Estado y la Iglesia en lo referente a la enseñanza, con el consiguiente menoscabo en el ejercicio de la función pública docente. Durante la dictadura, no ejercieron el magisterio los mejores profesionales, sino aquellos, a veces de dudosa preparación, elegidos por su afección al nacionalcatolicismo.

Afortunadamente, en los últimos cuarenta años mucho han cambiado las cosas en materia de educación. Hay, sin embargo, diversos aspectos que precisan de una profunda transformación, sobre todo en lo referido a la metodología y la cuestión pedagógica, pues todavía en nuestro siglo se sigue pretendiendo que todos los estudiantes respondan a un único perfil académico, a un canon a veces inalcanzable. La atención a la diversidad conforma un capítulo cada vez más importante para quienes legislan; lo mismo ocurre con el apartado referido a la educación en valores. No podría ser de otra manera, pues una sociedad moderna y plural como la nuestra debe velar por que cada uno de quienes la conforman tenga acceso a una educación que le permita convertirse, en condiciones de igualdad y libertad, en ciudadanos activos y participativos en la vida social, económica y política de nuestro país.

Somos muchos los profesores comprometidos con este objetivo, doy fe de ello, pero hay unos pocos que parecen traer el testigo de quienes, en otro tiempo, defendieron ya los mismos ideales. Mi compañera y amiga Raquel es una de estas maestras de hoy que trabajan para reivindicar el derecho a una educación pública que garantice los principios de igualdad y libertad, pues solo de esta manera podremos decir que vivimos en una verdadera democracia. Ella y las maestras de la República han terminado por convertirse en mis musas; han venido a despertarme de mi sopor, a darme un nuevo contenido y ganas renovadas para ilusionarme con lo que de verdad me mueve e ilusiona, ser maestra, y por lo que parece, republicana.

LA   REPÚBLICA
Por Encarna Bas
Una hoja de papel en blanco, vacía, había que llenarla y me resultaba inmensa dado que o bien mis neuronas no estaban ágiles, o estaba distraída o todo lo relacionado con algo político, me llevaba al hartazgo.

En los diccionarios te aseguran que la república es una forma de gobierno donde es el pueblo el que tiene la palabra…..Bueno  y te dicen muchas cosas más que realmente no coinciden con la realidad.

En todos los países, en algún momento ha habido un sistema de gobierno republicano. El pobre Platón ya escribió un librito que todavía perdura, pero con el ser humano, es imposible que nada dure.

Como todo el mundo quiere ser “jefe”, el que no lo es  asegura que el que está en ese momento en el poder lo hace fatal, malmete, levanta a sus amigueles contra el régimen de turno…Y, así, una y mil veces. El pueblo no está educado para pensar, simplemente pensar, y lo llevan como una marea hacia intereses particulares sobre verdades a medias.
Las noticias hartan, todos los días más de lo mismo, las radios, las televisiones, la prensa… Todo porterías baratas llenas de chismes, pero eso sí, algo en común TODOS ROBAN. Administran mal y no educan al pueblo.

¿Ha cambiado algo para mejor desde Platón? Me lo pregunto muchas veces.

Palabras al azar




Palabras al azar (en el texto deben aparecer las palabras colorado, sexo, matar, burbuja, estación, aquella, encima)

EL TREN DE LAS 8:05 A MÁLAGA, por Claire Tarbet

Lo había conseguido. Elena estaba de pie en el vestíbulo de la estación de tren de Atocha. Era hora punta. Sintiéndose como una burbuja que estallaría en cualquier momento, evitó a los viajeros que corrían en todas direcciones. Aquella familiar sensación de pánico comenzó a crecer en ella otra vez. Ella se preguntó: "¿Y ahora qué?". Levantó la vista hacia la pantalla electrónica y verificó la información con su billete. Tiró del mango de su pequeña maleta roja, haciendo una mueca de dolor al notar la molestia en su brazo derecho. Recordando por qué se encontraba en la estación, se dirigió hacia el andén 3.

De repente, sintió cómo su corazón se paraba. El hombre que subía por la escalera mecánica era como Felipe. "No puede ser él, está trabajando ahora" susurró, tratando de convencerse a sí misma. El recuerdo del día en que él había intentado matarla pasó por su mente. Había sido como un domingo cualquiera. Habían salido a tomar unas cañas al mediodía con unos amigos. Se habían ido a dormir la siesta y él había querido tener sexo, pero ella no estaba de humor. Nunca sabría qué había desencadenado aquel ataque violento, pero sabía que no se quedaría con él mucho más tiempo. Ella sacudió la cabeza para aclarar sus pensamientos y echó un vistazo a su reloj. El tren estaba a punto de salir.

Ya estaba esperando en el andén. Elena encontró el vagón, se subió y se dirigió a su asiento. "7A", murmuró mientras colocaba su maleta en el portaequipajes. Vio a una mujer mayor, con la cara colorada de cargar tanto peso. Iba acompañada de un niño pequeño, que supuso que sería su nieto. Elena fue a ayudarla a colocar sus bolsas de viaje. "¿Vas a la playa, como nosotros?", preguntó la mujer. Elena no dijo nada, dejó escapar un suspiro de alivio, asintió y sonrió justo cuando el tren salía de la estación.



Aquella burbuja colorada posada encima de la estación, sin sexo definido, parecía estar preparada para matar, por Encarna Bas.

No llevaba las gafas de sol puestas y al mirar hacia arriba el sol me cegaba. A mi alrededor se arremolinaba la gente pendiente de aquel ser  o de aquel objeto que nadie sabía definir.
Unos aseguraban que era un ave inmensa, procedente de lejanas tierras; otros que era un ovni y que pronto empezarían a bajar hombrecillos verdes que nos invadirían y otros con aspecto sesudo veían claramente que no era ni una cosa ni la otra.

Yo que había llegado a la explanada del parking con cierta prisa, no era capaz de moverme de allí. Los únicos que estaban tranquilos eran los perros, ni un ladrido, ni un gruñido ¡qué raro! ¡Son siempre los primeros en detectar cualquier anomalía!

Al cabo de una hora, llegó la policía, aunque vinieron con las sirenas a todo meter, “aquello” no se movió un centímetro. Al poco rato, llegó la prensa, focos, cámaras, micrófonos se esparcieron por la explanada y mil conjeturas pintorescas se transmitieron por las ondas.
También aparecieron los bomberos. Un par de ellos revestidos con trajes especiales de protección por aquello de las radiaciones, guantes y cascos, subieron con ayuda de las escalas hasta el tejado. No sabíamos si por efecto de algún gas tóxico se les había producido un ataque de hilaridad que por poco les hizo dar con sus huesos en el suelo.
Pero ¿Qué pasaba?

Una vez en tierra y sin parar de reír, los bomberos nos enseñaron el dron de Rafita, que se había quedado enganchado en la antena del pararrayos.

PALABRAS, por Marisa Bono
-       Encima
-       Encima, aquella.
-       Encima, aquella, estación.
-       Encina, aquella, estación, burbuja.
-       Encima, aquella, estación, burbuja, matar.
-       Encima, aquella, estación, burbuja, matar, sexo.
-       Encima, aquella, estación, burbuja, matar, sexo, colorado.
-       Colorado, sexo, matar, burbuja, estación, aquella, encima.
Palabras, palabras, palabras. Palabra hablada, palabra gesticulada, palabra escrita, invento superfluo que nos diferencia del resto de animales. Palabras, palabras, palabras: germen de toda historia.
·         “Sexo colorado” mata encima de la burbuja de la estación Aquella.
Sucesos: La pasada noche, en las cercanías de la estación de Aquella, en la parada de “Aquel”, se halló el cuerpo sin vida de un hombre, hasta el momento sin identificar. Lo inquietante del hallazgo reside en el lugar donde fue encontrado el cuerpo, ya que, según fuentes policiales, la posibilidad de que una, varias o multitud de personas, animales o máquinas, depositaran el cadáver en el lugar donde fue encontrado, encima de la burbuja de la estación de ferrocarril, es prácticamente imposible.

Se solicita la colaboración ciudadana para la identificación del cuerpo, que, como ya hemos informado, pertenece a un hombre de mediana edad, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni rubio ni moreno ni pelirrojo ni calvo, ojos castaños y sin ninguna marca corporal propia o significativa para la identificación positiva.

Según fuentes no oficiales, el crimen podría atribuírsele al despiadado asesino en serie apodado “Sexo colorado”. De ser así, convertiría a este individuo en su víctima número 452.
Cualquier pista sobre su paradero deberá comunicarse a la policía en el teléfono 99954321976044.
Seguiremos informando.

·         Aquella estación mató a la burbuja colorada encima del sexo.
¡Oh, estación dañina!
¡Oh estación traicionera!
¿Por qué mataste a mi burbuja
mientras se comía una trufa?
si no hacía más que engordar,
no produciendo ningún mal,
si no te hacía ningún daño
y en aquel mismo año
se iba a poner bien colorada
para quedarse pronto parada
recibiendo en ese contexto
al maniático del sexo…
Ya nunca podrá ser
todo lo que hubiera podido acontecer.

·         La colorada encima burbuja matará la estación del sexo
Aviso a la población: según fuentes del servicio meteorológico, la previsión para este año es que la burbuja colorada, con la encima revitalizada, haga su aparición en las próximas semanas, por lo tanto, la estación del sexo se verá drásticamente reducida por lo menos a la mitad. Se advierte a la población que tomen las medidas oportunas de reclusión y aprovisionamiento para que la plaga cause el menor daño posible, y la próxima estación no deba ser abolida.



EL CARNAVAL  MÁS CARNAL, por Olga Gallego
Por cuarto año consecutivo asistía a la fiesta de carnaval de mi amiga Mercedes. Mi disfraz, hecho con plástico de burbujas, de ese que se utiliza para proteger los objetos frágiles en los portes y mudanzas, acabó encima de la máquina de vending de aquella estación de cercanías. Por el suelo alguna cucaracha muerta, pañuelos de papel usados y algún que otro condón abandonado a su suerte después de que su dueño disfrutara, gracias a él, de un polvo rápido y satisfactorio.

Sentado en una esquina del banco de la sala de espera, un tipo mata el tiempo leyendo un ejemplar de National Geografic con el Cañón del Colorado en la portada. Al lado tiene otro del Playboy con una exuberante rubia de enormes tetas al aire y minitanga que posa seductora con el culo en pompa hacia un lado, pasándose la lengua por los labios, casi tan enormes como las tetas, en un gesto que parece decir: me muero por follar contigo. Pero a quién le puede apetecer tener sexo con ella, si parece una muñeca hinchable! Ahora que lo pienso, ese también podría ser un motivo.

Me levanto para estirar las piernas, el tío del banco me ha echado el ojo y no me apetece que se me acerque. Algunos tipos se creen que por ser hombres ellos y tú mujer pueden decirte todas las barbaridades que se les ocurra, eso si además de decirlas no pasan a la acción, que también los hay.

Camino por el andén despacio, sin prisas, todavía faltan cuarenta minutos para que pase el primer tren hacia mi casa. Mientras avanzo, el recuerdo de la noche anterior se traduce en una sonrisa que asoma a mi boca.

En esta ocasión, yo iba de "objeto delicado", envuelta en mi burbuja y él mi "mozo de mudanzas". Fui con pocas esperanzas de encontrármelo porque el año anterior había faltado, pero al final pudo más la intriga y las ganas de verle que la pereza y el aburrimiento por ir sola. Hasta última hora no me decidí. Mercedes estuvo durante todo el día enviándome WhatsApp; no paró hasta que le dije que iría. Como acabo de mudarme de piso, todavía tengo la ropa embalada, la que uso a diario no, pero para un disfraz me faltaba atrezo. Me di una ducha y, cuando ya estaba a punto de abandonar y pensaba ir sin disfraz lo vi claro: plástico de burbujas y cajas por toda la casa... Cogí un rollo y me hice un vestido que me puse sobre unas mallas negras y camiseta de tirantes, un buen antifaz hizo el resto. Así, disfrazada de "algo embalado", me presenté en la fiesta de carnaval que mi amiga Mercedes daba en su casa, una mansión de 400 metros heredada de su abuela y ubicada en la zona de Metropolitano en Madrid. Música en directo, photocall, bebida y comida hacen de ella la mayor atracción para las noches calurosas de verano en Madrid. Verano, sí, Mercedes es así, celebra el carnaval cuando le viene en gana, ella siempre dice que hay que disfrutarlo cuando hace calor, no cuando el frío te impide lucir tu disfraz. 

Llegué y durante un rato estuve paseando sin rumbo por el jardín y el interior, buscándole bajo cada antifaz, reconociéndole en cada mirada furtiva. No lo vi hasta pasada la medianoche, un mozo de almacén con su peto azul sin camiseta... muy sugerente. En cuanto nos reconocimos nos vino el deseo, besos húmedos y respiraciones compartidas escondidos de las miradas del resto de invitados.  Acabamos en un hotel, como cada año. Mis amigas me dicen que lo nuestro es una historia que merece ser contada. Él, casado y con hijos; yo, soltera y sin compromiso, y cada año nos vemos en la misma fiesta. No quedamos previamente ni mantenemos contacto el resto del año, pese a que ambos tenemos nuestros números de teléfono. Nos une la celebración de una fiesta pagana, el carnaval. Muy apropiado el nombre en nuestro caso, porque lo nuestro es atracción y deseo carnal al cien por cien.

Todavía recuerdo la primera vez, ese verano el calor era insoportable y mi disfraz de monja no ayudaba. La toga, el cuello hasta arriba, ¡qué calor! Menos mal que tenía abanico y que Mercedes habÍa puesto dispersores de agua por todo el jardín, de esos echan una nube de agua pulverizada que refresca el aire.
Allí estaba yo, respirando aire fresquito con mi toga en la mano cuando lo vi: ay, madre, ¡vaya “peazo” de obispo! No es que fuera especialmente guapo; moreno, ni alto ni bajo, delgado, serio pero con una alegría especial en la mirada. El traje de obispo le favorecía, le daba un punto seductor tipo Richard Chamberlain en el Pájaro Espino.
Al verme sonrió y se acercó.
- Ave María purísima
- Con gran pecado concebida - fue mi respuesta.
Soltó una gran carcajada.
- ¿Ha venido sola, hermana?
- Sí, monseñor. En estas fiestas paganas hay muchas jovencitas que necesitan ayuda para no sucumbir a los pecados de la carne
- Se incluye usted en ese lote, porque yo podría ayudarla...

Una cosa llevó a la otra y acabamos en una de las habitaciones dando rienda suelta a nuestros deseos carnales. El sexo con un desconocido tiene un encanto especial, sobre todo porque no tienes que aguantarle al día siguiente, ni al otro, ni al otro...

Nos gustó a ambos, y pese a que intercambiamos los móviles nunca nos pusimos en contacto, pero al año siguiente repetimos. Desde entonces, cuando se aproxima la fecha me llega el recuerdo, quiero pensar que nos llega a ambos. Tiene su morbo tener un amante así. Fantaseas con el recuerdo y con la idea de verle cuando se aproxima la fecha, pero la otra alternativa, no verle, también es posible y es la mezcla de ambas sensaciones lo que nos hace asistir casa año a nuestra cita en carnaval.

Con esta imagen en mi memoria me subí al tren. En poco más de una hora estaré en casa, aprovecharé para dormir un rato, si me deja la mente, que ahora mismo la tengo en estado de ebullición. La noche ha sido larga y ajetreada y me merezco un reposo.

viernes, 9 de febrero de 2018

La regla



Fuerte y poderosa, por Marisa Bono
Aquel día, Lola se levantó relativamente temprano; se desperezó despacio y con fuerza y comprobó que sólo tenía molestias en los brazos y un poco en el costado izquierdo. ¡Uhmmmm! Hacía meses que no se encontraba tan bien…

Sentada en la cama, saboreó por un instante ese inusual estado de bienestar que ella suponía en otras personas recién levantadas.

Fue a la cocina, sin pasar por el salón, y decidió hacerse un desayuno continental “con de todo”, ¡qué más daba media hora más que menos! Hoy era el día; no tenía ninguna prisa. Hoy era su día. Se sentó frente al ventanal de la cocina, mirando a la calle, en el rincón más soleado, y, mientras degustaba el espléndido desayuno, su cabeza comenzó a divagar acerca de las circunstancias que la habían llevado hasta ese preciso momento. Y, así, de pronto, se le vino a la memoria aquello que escuchaba decir a su madre: ¡Ay, hija mía, esto no te traerá más que problemas! Como si ese hubiera sido el punto de partida y, a raíz de ese momento, hubiera comenzado todo.

Se recuerda a sí misma con doce años recién cumplidos, sin tener ni idea de lo que realmente le estaba sucediendo, en una época en la que la norma era ir a hechos consumados con la menor cantidad de información posible, aterrorizada por el rojo intenso de su sangre, y dentro de su vena melodramática, sin ningún síntoma evidente de que fuera a morir inmediatamente…

Una vez pasado el primer susto, le pareció que comenzaba a sentirse invadida por una especie de orgullo, como si acabara de entrar en el club privado más elitista que existiera, por qué ella “sí” y su amiga Eleni, todavía “no”… Los cuchicheos con sus amigas y compañeras de clase, las risitas, las bromas, los comentarios a media voz…  Tanta ingenuidad la hace sonreír. No, mamá, en este asunto no tenías razón: la regla no fue la causante, el motivo fue otro.
Y en un par de años, o tal vez menos, la transformación se completó, y dentro de un cuerpo pleno, lleno de hormonas había una cabecita llena de confusión, juguetes y cuentos… Cuentos, cuentos y más cuentos.
El príncipe azul, el primer amor, el primer beso, el deseo… ¡Lo que me quiere Jaime!
La primera prohibición, la primera voz, el primer empujón, el primer enfado, la primera reconciliación… ¡Lo que me quiere Jaime!

El primer embarazo, la boda precipitada, el primer moratón, la primera visita al hospital, el primer aborto, el miedo… ¡Lo que me quiere Jaime!

El miedo, el silencio, la vergüenza, la culpa, la denuncia… ¿Me quiere realmente Jaime?

Una lágrima se le escapó sin querer… Cerró los ojos con fuerza y se la limpió casi dándose un manotazo de la furia que sentía. “Venga, venga, venga”, basta ya de tonterías. Hay que ponerse en funcionamiento. Se acabó el desayuno, hay que dejarlo todo bien recogido y a la ducha rapidito.

Eligió con esmero la ropa, esa que sabía le sentaba tan bien, e incluso hoy se pintaría. Le apetecía mucho dedicarle un rato a esa labor que siempre la había tranquilizado.

Se miró por última vez en el espejo, su aspecto general, su cara, sus ojos, tan cansados de mirar cara a cara el infierno y que ahora ya solo podían reflejarlo, y, aun así, se sintió fuerte. Fuerte y poderosa. Ahora sí que podría ir al salón, sentarse en el sofá al lado del teléfono y de Jaime y llamar a la policía.


La gran carrera, por Olga Gallego                                                                                         

Somos muchos los que estamos aquí esperando a que llegue nuestro momento. Siempre esperando y sin nada que hacer. Las horas se hacen eternas. Hablas con unos y otros y escuchas las historias que cuentan los mayores, la mayoría inventadas porque ninguno de nosotros ha conocido otra vida que esta. Estamos todos juntos en la misma sala, una habitación de forma elíptica oscura, húmeda y caliente. El espacio es tan reducido que nos tocamos unos con otros, dándonos cobijo y ánimo pero también transmitiéndonos el miedo y la duda. He escuchado las historias y dicen que cada mes eligen a uno, le inyectan drogas que le hacen variar su tamaño, forma, textura y aroma y lo expulsan al exterior. Lo dejan solo ahí fuera esperando la llegada del "ganador", eso si tiene la suerte de que en este día se celebre una carrera.

Hoy me ha tocado a mí.  Estoy aterrado porque no sé qué puede pasarme, pero también contento y expectante por haber sido elegido. Me acomodo en mi nuevo espacio mientras ellos preparan el gran salón para la fiesta de bienvenida. Espumillones, luces, flores, borlas, telas, comida y bebida abundante y grandes almohadones colocados sobre el suelo y las paredes para que resulte más confortable. Todo preparado para que, si viene el ganador y me encuentra, tengamos un lugar donde poder empezar una nueva vida. 

Han pasado varios días y no ha venido nadie. La comida empieza a estropearse y los adornos que antes se veían tan bonitos ahora están ajados y rotos. Tengo frío, me siento débil y, aunque estoy echado sobre los mismos almohadones, ya no me parecen tan confortables como antes. Estoy seguro de que no ha habido carrera y, por tanto, no hay ganador que vaya a venir. Los adornos, la comida, todo se ha echado a perder y habrá que tirarlo, a mí también. Lamento que así sea, porque no quiero morir, pero me alegro de haber pasado por esto. 

Los del servicio de limpieza han empezado su trabajo. Con grandes mangueras mojan las paredes y los suelos del gran salón dejando todo limpio y blanco a su paso. Emplearán varios días en esta ardua tarea, día y noche, sin descanso, hasta que todo vuelva a estar como antes. Ya vienen a por mí; me relajo y me dejo arrastrar por el gran salón hasta la salida. Adiós a mis sueños de una vida nueva. No ha podido ser; sólo espero que alguno de mis compañeros lo logre en el siguiente ciclo.

A los quince días de la limpieza, aproximadamente,  vuelven a elegir a otro óvulo de la sala. Me gustaría haber podido explicarle que no debe tener miedo, y que no sufra si no hay carrera. Su misión también es muy importante, casi más, porque gracias a él preparan el gran salón para el recibimiento. Llegará el día en que el óvulo elegido y el espermatozoide ganador se junten, produciéndose, así, el nacimiento de un nuevo ser.  Yo ya no estaré allí, pero me voy feliz porque sé que habré contribuido a que ese milagro sea posible.


La regla, por Claire Tarbet

El otro día, el cartero trajo un pequeño paquete. Era para mi hija. Ella no estaba en casa, así que lo dejé en la mesa de la cocina. Cuando ella entró, dijo con toda la naturalidad del mundo, "oh, esa debe ser mi copa menstrual". Me recordó lo diferentes que eran las cosas cuando yo tenía su edad.

Con 19 años vine a España para pasar un año en Madrid. Iba a vivir con mi vieja amiga del colegio, Bev, en un pequeño piso que habíamos alquilado en el Barrio del Pilar. Iba a ser una gran aventura. Por aquel entonces, no muchas personas se tomaban un año sabático, pero yo lo hice.

Empecé a hacer la maleta con todo lo que pensé que necesitaría en mis primeros tres meses; ¡mi ropa, mis libros, mis cintas y seis cajas de tampax! Bev me había contado lo caros que eran en España. Como no tenía mucho dinero, había decidido llevármelos para no tener que comprar allí. No había mucho espacio en mi maleta, así que decidí abrir cada caja y dispersarlos entre la ropa.

Traté de cerrar la maleta, pero por supuesto no hubo manera. Me senté encima de ella tratando de aplastarlo todo. Llamé a mi hermano, Andrew, para que me ayudase, y, aún así, no pudimos cerrarla. En un momento de desesperación acabé por desempaquetar todo y volver a empezar. Esta vez quitando algún jersey o alguna chaqueta que me pondría el día del vuelo, a pesar de que a principios de septiembre seguía haciendo calor en Inglaterra y en Madrid, mucho más.

Finalmente, el gran día había llegado; me iba a Madrid. Me despedí de mi familia en la sala de embarque y pasé por el control de seguridad. Ya estaba de camino.

El avión aterrizó; tuvimos que coger un pequeño autobús para llegar a la sala de llegadas. Hacía un calor horrible. Estaba sudando muchísimo, además tenía que cargar con todas las capas extras que llevaba. Pero, una vez llegué a la terminal de llegadas, me sentí más aliviada porque tenían el aire acondicionado puesto.

Ahora era el turno de encontrar mi maleta. No fue difícil, ya que era de un color muy llamativo, ¡turquesa brillante! Destacaba entre todas las demás. Mi padre, que estaba acostumbrado a viajar mucho, me aconsejó que eligiera esa porque facilitaba la tarea de localizarla en las cintas transportadoras. Tenía mucha razón.

Continué con el recorrido hacia el control de seguridad. Como no tenía nada que declarar, pensé que iba a ser una cosa rápida, pero no fue así. Unos guardias me pidieron que abriese la maleta para revisar, algo rutinario. Sonreí nerviosamente, y empecé a abrir la maleta. Tal vez había sido por mi cara extremadamente roja del calor, o por el color de la maleta o simplemente estaban haciendo su trabajo, pero, de todos los pasajeros, me habían elegido a mí para la revisión. Miraron entre toda la ropa; se miraron el uno al otro, obviamente sorprendidos por la cantidad de tampones que llevaba dispersos por toda la maleta. Me estaba muriendo de vergüenza. Finalmente, me dijeron que podía cerrarla, cosa que me costó conseguir de nuevo, y me fui en cuanto pude, mucho más roja que antes.

Todo es normal y natural, por Encarna Bas
La vuelta de vacaciones nos trajo una cenita y un nuevo tema. La regla. Podía ser un instrumento de medida, una norma de una comunidad y hasta el reglamento de una orden religiosa. Pero no, nuestro trabajo sería sobre la menstruación femenina… En mi juventud no se hablaba de eso: era impuro y casi pecaminoso. Nunca lo entendí porque todas las hembras de los mamíferos la tienen. Bueno, no sé si cetáceos y delfines también cuentan con ella. Preguntaré.

Todo esto me trajo a la memoria la preparación de mi primera regla por parte de mi madre.
Con traje de nido de abeja, muñeco al brazo y bragas de perlé hechas por mi abuela, aterricé en otro país con la lección bien aprendida: debía pedir ayuda en cuanto notara algo raro, si me dolía la tripa, por ejemplo. La directora sabría lo que necesitaba.

- Todo es normal y natural me dijo mi madre.
- Las plantas tienen savia y florecen.
- Esto te va a servir para tener niños, ¡con lo que a ti te gustan “.

Y, así, me fue enumerando un sinfín de cosas maravillosas  que me pasarían si todos los meses pasaba unos días sangrando.

La mire atónita, no lo entendía muy bien pero, lo que sí sabía era que resultaba totalmente innecesario que a mí me ocurriera aquello .Yo ya sabía, con una lucidez impropia de mi edad, que yo no iba a tener hijos.

Hoy en día, peino canas y he pasado por la vida haciendo todo lo que una mujer normal hace, pero cuidándome extremadamente de no engendrar otro ser.
Tuve la regla; se me fue; me sofoqué; sudé… En fin, todo el ritual y aún hoy me pregunto por qué aquella niña que se agarraba a su muñeco sabía  que ella no quería tener muñecos de carne y hueso.

Unas cosillas para tirar, por Gloria Gallego

Aquella mañana, me habían informado de la posibilidad de poner un puesto en la feria de Altaria en El Escorial. Se trata de una feria de artículos de segunda mano donde uno puede llevar todo lo que ha dejado de usar o la ropa que ya no le vale. Me pasé la tarde rebuscando en los armarios y cajones. No me gusta deshacerme de la ropa que no me vale, con la esperanza de que, en unos años, comience a desinflarme y me pueda volver a colocar las minifaldas y los vestidos.

Me iba desesperando porque no tenía ni idea de qué podría llevar, así que, cuando abrí ese cajón y me encontré con aquellas bolsitas tan monas, con esos dibujitos y lazos, que me acompañaban en esos días en los que te pesa hasta el aire, siempre en el bolso grande, cuando salir de casa era toda una sorpresa, supe lo que iba a llevar a la feria. Porque yo la feria no me la perdía.

Mi puesto sería el más femenino de toda la esquina; lo que yo no sabía, ni me esperaba, era el revuelo que se montaría por unas compresas y unos tampones.

A la feria suele ir la mayoría del pueblo y es normal encontrarte con gente conocida, amigas que se acercan a contarme sus menopausias, acompañadas de sus hijas, que me contaban sus reglas… Vendí alguna mercancía a chicas que llegaron a preguntarme si disponía de algún lugar donde poder colocárselo. Yo les ofrecí que lo hicieran debajo de la mesa, que para eso me había llevado un mantel grande. Las hijas de las amigas ya usaban otras marcas más sofisticadas que te permiten hacer el pino o bailar en tanga, pero yo defendía mi mercancía, que una compresa que viene en una bolsita es muy aprovechable. Compresas y tampones vintage total.

Vamos, que yo lo que quería era pasar el día en la feria y lo conseguí. La próxima vez me llevo también los condones que me dejé en el cajón pensando que lo mismo podrían servirme para algo. Una protección extra en una noche loca.

Me pregunto ahora si los tampax tendrán fecha de caducidad, que ya he visto que los condones sí.

A varias jovencitas les tuve que explicar este sistema de tampón, ya antiguo, que venía con un cartón. Claro, que era mucho más ecológico que los de plástico, imagino que ahora, además, biodegradable; imagino que, en breve, lo harán de maíz y te lo podrás hasta comer. Está claro que en esto no manda lo ecológico (si no, se hubiesen extendido las cápsulas que te metes como un jarroncito),  que ya es bastante tener que estar sangrando durante una semana, con una mala leche de narices, como para pensar en el papel, en los peces y en el planeta.

Estas y otras conversaciones conmigo misma resumen mi fin de semana en el mercado Altaria.

EL SILENCIO

EL SILENCIO, Encarna Bas Empezaba a hacer fresquete, cambiábamos de estación y parecía ayer que sacábamos la ropa de verano. Vacié...